años desvaríos

Dos años, dos siglos

10:23Alessia Villanueva


Todavía se me hace raro no tenerte aquí. Y eso que ya ha pasado un tiempo. Pero supongo que estas cosas son así, nunca se termina de llenar el hueco. Y tu hueco es tan grande…

Me enseñaste tantas cosas… A tu manera, como todo lo que hacías; pero fíjate si lo hacías bien que a día de hoy todavía las recuerdo, y muchas de ellas las sigo poniendo en práctica.
Me secaste tantas lágrimas. Me curaste tantas heridas. De esas que me hacía con caídas tontas, esas de las que todavía me quedan cicatrices. Pero, ¿y lo que reímos? Aunque también te hice enfadar con mis terquerías y niñerías, eso lo asumo. Aun así, me tenías tan mimada que se te pasaba enseguida.

Recuerdo tu voz acompañando esas rancheras que tanto te gustaban. Siempre ibas canturreando algo, canciones que aprendiste de niño, o simplemente silbando. Recuerdo tus sombreros de paja, tus monos azules de trabajo. Tus manos, siempre ásperas y frías. El columpio. Los paseos en bici. Esas tardes de primavera que me pasaba enteras revoloteando alrededor de ti como una abejita mientras tú intentabas trabajar en algo, cuidando de que no me pasara nada. Yo era tan pequeña, y a ti te veía tan grande…

Recuerdo la última vez que hablé contigo. Ya no sabía cómo hacerlo, de repente empezabas a ser un desconocido, y creo que a ti te pasaba lo mismo conmigo. La pequeña abejita ya no era tan pequeña; le habían crecido las alas y había echado a volar. Pero juro que si hubiera sabido que era la última vez, no habría dicho lo que dije. No habría sido tan fría.

Recuerdo el día que nos despedimos de ti. Fue un día gris, casi negro. Todavía siento el nudo en la garganta al recuperar esas imágenes de mi memoria. Creo que aquel día fue cuando realmente comprendí que no volvería a verte nunca más, cuando te tuve delante sin tenerte. Y lloré como nunca antes había llorado mientras pensaba “Si él me estuviera viendo, me diría: no me llores, que te pones muy fea cuando lloras”. Y me puse fea, créeme. Pero no me importaba.

Hace ya dos años que no estás aquí, y me han parecido dos siglos. Dos Navidades comiendo polvorones y brindando con cava, siempre mirando hacia tu sitio, tan vacío ahora, imaginándote todavía sentado ahí, con una gamba en cada mano. Dos febreros calculando la edad que habrías cumplido y guardándote tu pedazo de tarta, rellena de recuerdos y espolvoreada de añoranza. Ah, y tendrías que ver a la peque… Es el doble de bichito de lo que fui yo. “Ahí es na'”, como tú decías.

Sé que las personas nos vamos en algún momento, que es ley de vida. Pero tú te me fuiste muy pronto. Todavía te quedaban muchos “¡Ay, mi rubia!” por decirme; muchas noches de verano sentado en el escalón de la puerta mirando hacia las estrellas y pidiéndoles deseos; muchas regañinas; muchos momentos. Todavía no estaba preparada para perderte, para dejarte ir adónde quiera que estés. Porque, aunque me declare no creyente ni en Dioses ni en Cielos, sé que tú siempre vas conmigo. Con nosotros. Aun así, te echo mucho de menos.

Te quiero y te querré. Siempre.

De tu niña, (ya no tan niña) Aless.

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