¿Por qué?
¿Por qué me elevaste para dejarme
caer así? Estuve a un palmo de tocar el cielo, pero se me rompió la escalera,
aquella que me construiste con besos y caricias, con despertares idílicos y
risas tontas que sólo nosotros entendíamos.
¿Por qué lo hiciste todo tan
complicado? ¿Fue por diversión? ¿Te apetecía pasar el rato? Te tomaste tantas
molestias para hacerme creer que éramos uno, que me cuesta pensar que fuera por
puro entretenimiento. Y no creo que tu vida sea tan aburrida… ¿o sí?
¿Por qué te comportabas como si
no fuera a terminar nunca, cuando tú eras el primero que ya calculaba el “adiós”
antes de haber terminado el “Buenos días, preciosa”? ¿Era parte de tu gran mentira
maestra? ¿O quizá un pequeño rinconcito de tu alma mecánica, uno que escondes
muy bien, sí quería que funcionara conmigo, que el deseo se cumpliera al soplar
la pestaña? ¿Era cierto todo lo que me dijiste aquella noche, cuando parecías
tan vulnerable…?
Fuiste tan torpe… Sí, de todas
las palabras que podrían calificarte, “torpe” es la mejor aproximación. Me
tuviste ahí todo el tiempo, para ti, dispuesta a hacer lo que fuera para que
todo saliera bien, para formar un perfecto equipo contigo, y lo dejaste ir de
la peor forma que encontraste. Si es cierto que yo te hacía sentir tan bien,
que tenías tanto miedo de perderme… ¿por qué tanta prisa por alejarme? Y aunque
tenga que reconocer que hasta hace bien poco todavía seguía esperando que te
dieras cuenta, que las cosas fueran de otra forma…, ahora ya no hay vuelta
atrás. Se ha accionado la palanca; has activado la horma de tu zapato.
Porque me he dado cuenta de que,
quien bien te quiere, vuelve a por ti; y tú no has vuelto. Ni volverás. No sé
si por cobardía o porque todo lo que dijiste sentir era en realidad mentira,
pero no volverás. Yo tampoco lo haré. No volveré donde no se me valora como yo
merezco, donde un día se me dice una cosa, y al día siguiente otra distinta.
Donde se llega tarde a mi encuentro, con excusas estúpidas y recién inventadas.
Con mentiras absurdas que desbordan mi paciencia.
Fuiste tan infantil. La gente
adulta no se esconde como tú. Da la cara. Porque una vez me dijo un hombre, al
que yo respetaba como a nadie, que la palabra es lo más valioso que uno tiene;
y tu palabra vale bien poco. ¿Qué clase de hombre eres tú?
Y todavía me sigo preguntando
¿por qué? ¿Por qué hiciste tanto daño, tan gratuitamente? ¿Por qué dejaste que
me empapara de ti, que me calara hasta los huesos tu traviesa forma de mirarme,
tus cálidos y eternos abrazos, tu forma de hacerme reír…? Supongo que formaba
parte de tu plan, de esa tendencia tuya que, como tantas veces repites, siempre
te hace conseguir lo que quieres. ¿Eso era yo? ¿Un reto más? ¿Otra medalla en
el pecho del “chico del año”? Ambos sabemos que, aunque inventes mil máscaras con
las que cubrirte, te pareces muy poco a esa persona que dices ser. Y eso,
permíteme, es muy triste, cariño.
Sea como fuere, renuncio a
continuar en tu mentira. Recojo la toalla que tiré al suelo el día que saliste
por aquella puerta con un “pero somos amigos” en los labios, y vuelvo a pelear.
A pelear por mí, por volver a ser aquélla que era antes de que tú me embrujaras.
Dejo de estar para ti, me divorcio de tu recuerdo. Ahora me doy cuenta de todo
el tiempo que perdí intentando salvar lo insalvable, de conseguir lo imposible
por seguir a tu lado. Tiempo que, por cierto, no te voy a reclamar. Porque lo
perdí por mi culpa, y asumo mi responsabilidad. Toma nota.
Me desato tus cadenas y me
sublevo a tu voluntad. Voy a reír hasta que te duela a ti el vientre de tanta
carcajada; pero no de ti, sino contigo. Voy a ser la mujer de tu vida, pero
fuera de tu vida. Y algún día, no muy tarde, te prometo que estaré curada, que
habré sanado mi corazón de esta enfermedad que lleva tu nombre. Y las
cicatrices me harán recordar con una sonrisa en los labios los buenos momentos
que me regalaste casi sin darte cuenta; tan efímeros, tan sutiles, tan lejanos.

0 comentarios