Ni yo misma entiendo mis
lágrimas. Son saladas, transparentes y caen empapándome la cara; pero, ¿por
quĂ©? No las entiendo. No sĂ© quĂ© hacen aquĂ. No sĂ© quĂ© quieren de mĂ. Son
tristes, hĂşmedas y no me dejan ver con claridad. No las quiero conmigo. Pero no
sé cómo hacer que desaparezcan.
Miro atrás y busco momentos de
aquella época en la que apenas me visitaban. Fue una época feliz. Una buena
época. Intento encontrar puntos en común con el momento que vivo ahora, y me
digo a mà misma que todo está bien. Pero entonces se me vuelven a escapar de
los ojos esas dichosas lágrimas. Se caen otra vez.
Lloro dĂa sĂ y dĂa tambiĂ©n. En
casa, en la calle,… Me persiguen allá donde voy. No puedo escapar de ellas,
aunque haga todo lo posible por hacerlo. Procuro pensar que lo mejor está por
llegar, que esto es sĂłlo un mero tránsito. Pero es tan difĂcil mantener esa
idea… CreĂ©rmela yo misma ya supone todo un reto. Y si yo no lo creo, ¿cĂłmo voy
a hacer pensar a los demás que estoy bien? No puedo; se me nota demasiado. Y me
miran como si a mĂ me gustara esto, como si estuviera cĂłmoda entre tantas
lágrimas. Nunca me ha gustado demasiado el agua, y menos la salada.
Ya no sé qué hacer para que se
vayan. Y lo odio. Odio que estĂ©n aquĂ todos los dĂas. Me convierten en alguien
que no soy. Yo no soy asĂ, ya no. Quiero que me devuelvan las ganas de hacer
cosas nuevas, la ilusiĂłn de emprender nuevos proyectos, la fuerza para
levantarme por las mañanas de la cama. Quiero que suene el despertador, y pegar
un brinco para comerme el mundo. Como antes. Como cuando era feliz. ¿Ya no lo
soy? ¿En quĂ© momento dejĂ© de serlo? ¿Por quĂ© todo tiempo pasado me parece
mejor? Se supone que no tiene que ser asĂ, que la vida es una progresiĂłn de
acontecimientos, que tienes que mirar hacia delante, porque si no te mareas y
te pierdes.
Estoy perdida. Por eso ellas me
persiguen.
