crisis desvaríos

La Crisis de los 20

6:17Alessia Villanueva





Cuando era niña quería ser veterinaria, como el 80% de las niñas. El amor por los animales siempre me ha acompañado; son criaturas nobles, leales…, y a veces parece que te entiendan mejor que muchos humanos. Después pasé por la fase “profesora”, pero pronto descubrí que “esos locos bajitos” no se me dan demasiado bien, así que también deseché esa idea.

“Vocación”, me decía a mí misma cuando empecé a ser una adolescente buscando su lugar en el mundo. Mi vocación siempre ha sido el arte, sea cual sea su manifestación; bien por escritura, por pintura o por música. El arte me fascina desde que tengo uso de razón, y los que me conocen, lo saben. Supongo que pertenezco a ese tipo de personas cuyo hemisferio derecho del cerebro predomina notoriamente, y eso te hace percibir el mundo que te rodea de una forma diferente. Parecer una niña en un parque de atracciones cuando entras a un museo, y sentir cómo un escalofrío te recorre la espalda y te eriza el vello al quedarte media hora plantada delante de un lienzo, es una sensación indescriptible. Así que me dije que, cuando terminara bachillerato, estudiaría Bellas Artes. Pero, ¿de verdad era ese camino el que quería tomar? De repente me invadió el pánico al pensar que el arte, mi vía de escape, podría convertirse en mi rutina al hacerlo mi profesión. Tenía miedo de que perdiera la esencia que tenía para mí, el significado de “aquello que hago por puro placer, porque me nace”. Fue entonces cuando me planteé en serio mi otra “vocación”: las personas.

Recuerdo que cuando era pequeña mi abuela me decía: “Alessia, cariño, eres tan sentida…”. Yo entonces no lo entendía muy bien. Pensaba que era algo parecido a idiota, porque siempre terminaban afectándome las cosas más que a los demás. Las riñas entre amigos, las discusiones de mis padres, la muerte de mis mascotas,… No entendía por qué el mundo podía ser tan insensible. Por qué yo lloraba por cosas que ellos ni siquiera veían. Ser así en el instituto es complicado; y si encima escuchas música rock y te pasas los recreos en compañía de un libro y hablando sola, “apaga y vámonos”, como dice mi madre. Vamos, que de ligar, mejor ni hablamos…

Y así, observando desde mi rinconcito, empecé a conocer a las personas, aunque resulte paradójico. Poco a poco fui cambiando mi timidez extrema por dosis moderadas de extroversión, y comencé a escuchar a la gente, sus historias. Me dije “uy, a Psicología de cabeza. Es lo tuyo”. Luego maticé un poquito y terminé en Recursos Humanos. Y aquí estoy, preparándome para dirigir y gestionar personas en organizaciones.

Lo normal, llegados a este punto, es que dijera “y por fin, he encontrado mi lugar en el mundo”. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, siempre he sabido muy bien qué es lo que quería para mí, aunque al día siguiente cambiara de parecer; pero ahora, por primera vez en mi vida, puedo decir que estoy complemente perdida. Se me ha jodido el GPS y estoy caminando en círculos. Y lo peor, siento que estoy pagando un peaje muy alto: mi tiempo.

La Crisis de los 20, o Crisis del Cuarto de vida. No me lo he inventado yo, fueron Abby Wilner y Alexandra Robbins allá por 1997, y queda plasmado en su obra conjunta “Quarterlife crisis: the unique challenges of life in your 20’s” (2001), o el título en castellano, “Crisis del cuarto de vida: los desafíos únicos del veinteañero”. A menudo se oye hablar de la crisis de los 30, o la de los 40; pero los veinteañeros también entramos en crisis, aunque comúnmente se le dé menos importancia. Acabas de salir de la adolescencia –aunque algunos tarden más que otros-, y te encuentras con el mundo de los adultos; ahora debes comportarte como uno de ellos, porque eres uno de ellos. Entonces te vienen dudas de si lo que estudias es realmente lo que quieres. Empiezas a pensar en el futuro, “¿dónde estaré en unos años? ¿Habré alcanzado mis expectativas? ¿Llegaré a ser lo que espero y esperan de mí?”. Empiezas a compararte con otros, amigos tuyos; e incluso con tus propios padres, “Ellos ya tenían un sueldo fijo a mi edad, habían alcanzado un puesto en la vida y podían mantener una familia”. Ese es el siguiente punto: tu pequeño sistema financiero. ¿Inexistente? Bueno, como el de la mayoría. Te sobran proyectos, pero te falta dinero para llevarlos a cabo; y eso te frustra. Es uno de los impedimentos a tus sueños, además de tu inseguridad y tus dudas, lo que hace que te sientas estático, y empiezas a pensar si estás perdiendo el tiempo…

“Me queda un año en la universidad, ¿y luego qué?”. Tal y como está el panorama, el futuro se presenta bastante turbio en el mundo laboral, el temido y desconocido mundo laboral –y con ello no hablo de repartir pizzas durante un año, tres horas a la semana- . “¿De qué me sirve ser tan sentida si ni siquiera sé lo que quiero ser?”. Pero como dice mi padre, inspirado en Clint Eastwood en El Sargento de Hierro, “hay que luchar, hay que vencer, hay que adaptarse”. Así que das el paso y te lanzas en los brazos de tus locuras. Pero, ¿esto me llena del todo? ¿Es lo que quiero realmente?, y volvemos a empezar el ciclo. Recuerdas tus años de instituto buscando respuestas sobre ti mismo. Piensas en lo claro que tenías lo que querías, la imagen de ti en unos años, aunque no supieras bien cómo conseguirla; ahora te miras al espejo y no sabes lo que quieres. Ni siquiera sabes quién eres.

Si te sientes demasiado identificado, me temo que tú también has entrado en la Crisis de los 20. Pero tranquilo, sólo durará hasta que entres en la de los 30. No, ahora en serio; que no cunda el pánico. Tener este tipo de dudas y sensaciones es totalmente normal; de hecho, lo preocupante sería no llegar a plantearte esto nunca. Así que toma aire, suéltalo y piensa que la vida, al igual que la economía o la historia, está basada en ciclos: expansión y crisis, una y otra vez. La gracia de esto es saber aprovechar los ciclos expansivos y afrontar los retos que te presentan los tiempos de crisis, de los que es obligatorio aprender algo. Siempre hay que aprender algo nuevo de las malas o regulares experiencias, ya sea una crisis de identidad o una ruptura amorosa; cargar esa sapiencia en la mochila que llevamos a la espalda desde que nacemos, y que nos será de gran utilidad a lo largo de este camino al que llamamos vida.

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