Cuando era niña quería ser
veterinaria, como el 80% de las niñas. El amor por los animales siempre me ha
acompañado; son criaturas nobles, leales…, y a veces parece que te entiendan
mejor que muchos humanos. Después pasé por la fase “profesora”, pero pronto
descubrí que “esos locos bajitos” no se me dan demasiado bien, así que también
deseché esa idea.
“Vocación”, me decía a mí misma
cuando empecé a ser una adolescente buscando su lugar en el mundo. Mi vocación
siempre ha sido el arte, sea cual sea su manifestación; bien por escritura, por
pintura o por música. El arte me fascina desde que tengo uso de razón, y los
que me conocen, lo saben. Supongo que pertenezco a ese tipo de personas cuyo
hemisferio derecho del cerebro predomina notoriamente, y eso te hace percibir
el mundo que te rodea de una forma diferente. Parecer una niña en un parque de
atracciones cuando entras a un museo, y sentir cómo un escalofrío te recorre la
espalda y te eriza el vello al quedarte media hora plantada delante de un
lienzo, es una sensación indescriptible. Así que me dije que, cuando terminara
bachillerato, estudiaría Bellas Artes. Pero, ¿de verdad era ese camino el que
quería tomar? De repente me invadió el pánico al pensar que el arte, mi vía de
escape, podría convertirse en mi rutina al hacerlo mi profesión. Tenía miedo de
que perdiera la esencia que tenía para mí, el significado de “aquello que hago por puro placer, porque me
nace”. Fue entonces cuando me planteé en serio mi otra “vocación”: las personas.
Recuerdo que cuando era pequeña
mi abuela me decía: “Alessia, cariño, eres tan sentida…”. Yo entonces no lo entendía muy bien. Pensaba que era
algo parecido a idiota, porque siempre terminaban afectándome las cosas más que
a los demás. Las riñas entre amigos, las discusiones de mis padres, la muerte
de mis mascotas,… No entendía por qué el mundo podía ser tan insensible. Por
qué yo lloraba por cosas que ellos ni siquiera veían. Ser así en el instituto
es complicado; y si encima escuchas música rock y te pasas los recreos en
compañía de un libro y hablando sola, “apaga y vámonos”, como dice mi madre. Vamos,
que de ligar, mejor ni hablamos…
Y así, observando desde mi
rinconcito, empecé a conocer a las personas, aunque resulte paradójico. Poco a
poco fui cambiando mi timidez extrema por dosis moderadas de extroversión, y
comencé a escuchar a la gente, sus historias. Me dije “uy, a Psicología de
cabeza. Es lo tuyo”. Luego maticé un poquito y terminé en Recursos Humanos. Y
aquí estoy, preparándome para dirigir y gestionar personas en organizaciones.
Lo normal, llegados a este punto,
es que dijera “y por fin, he encontrado mi lugar en el mundo”. Pero nada más
lejos de la realidad. De hecho, siempre he sabido muy bien qué es lo que quería
para mí, aunque al día siguiente cambiara de parecer; pero ahora, por primera
vez en mi vida, puedo decir que estoy complemente perdida. Se me ha jodido el
GPS y estoy caminando en círculos. Y lo peor, siento que estoy pagando un peaje
muy alto: mi tiempo.
La Crisis de los 20, o Crisis del
Cuarto de vida. No me lo he inventado yo, fueron Abby Wilner y Alexandra
Robbins allá por 1997, y queda plasmado en su obra conjunta “Quarterlife crisis: the unique challenges of
life in your 20’s” (2001), o el título en castellano, “Crisis del cuarto de vida: los desafíos únicos del veinteañero”. A
menudo se oye hablar de la crisis de los 30, o la de los 40; pero los veinteañeros
también entramos en crisis, aunque comúnmente se le dé menos importancia. Acabas
de salir de la adolescencia –aunque algunos tarden más que otros-, y te
encuentras con el mundo de los adultos; ahora debes comportarte como uno de
ellos, porque eres uno de ellos. Entonces te vienen dudas de si lo que estudias
es realmente lo que quieres. Empiezas a pensar en el futuro, “¿dónde estaré en
unos años? ¿Habré alcanzado mis expectativas? ¿Llegaré a ser lo que espero y
esperan de mí?”. Empiezas a compararte con otros, amigos tuyos; e incluso con
tus propios padres, “Ellos ya tenían un sueldo fijo a mi edad, habían alcanzado
un puesto en la vida y podían mantener una familia”. Ese es el siguiente punto:
tu pequeño sistema financiero. ¿Inexistente? Bueno, como el de la mayoría. Te
sobran proyectos, pero te falta dinero para llevarlos a cabo; y eso te frustra.
Es uno de los impedimentos a tus sueños, además de tu inseguridad y tus dudas,
lo que hace que te sientas estático, y empiezas a pensar si estás perdiendo el
tiempo…
“Me queda un año en la universidad,
¿y luego qué?”. Tal y como está el panorama, el futuro se presenta bastante
turbio en el mundo laboral, el temido y desconocido mundo laboral –y con ello
no hablo de repartir pizzas durante un año, tres horas a la semana- . “¿De qué
me sirve ser tan sentida si ni
siquiera sé lo que quiero ser?”. Pero como dice mi padre, inspirado en Clint
Eastwood en El Sargento de Hierro, “hay que luchar, hay que vencer, hay que
adaptarse”. Así que das el paso y te lanzas en los brazos de tus locuras. Pero,
¿esto me llena del todo? ¿Es lo que quiero realmente?, y volvemos a empezar el
ciclo. Recuerdas tus años de instituto buscando respuestas sobre ti mismo.
Piensas en lo claro que tenías lo que querías, la imagen de ti en unos años,
aunque no supieras bien cómo conseguirla; ahora te miras al espejo y no sabes
lo que quieres. Ni siquiera sabes quién eres.

0 comentarios