“El amor lo puede todo”.
Seguramente hayas leído y oído esta frase miles de veces; es tan falsa como
quien la dijo por primera vez, vaya usted a saber quién, pero estoy convencida
de que no debió tomarse su tiempo –o no se encontraba en el mejor de sus días-
cuando decidió hablar así de algo tan etéreo y complicado como resulta el amor.
Amores hay muchos. Tanto tipos
como personas que lo encarnan para nosotros a lo largo de nuestras vidas. Y
locuras por amor también hemos hecho todos; algunos más que otros. ¿Pero dónde
tiene su límite ese sentimiento tan profundo que nos desborda el alma de vez en
cuando, y nos desordena la vida sin apenas poder hacer nada al respecto? Porque
hay un límite, por supuesto que hay un límite; siempre hay límites. ¿Eso
significa que lo que sentimos no es amor, ese amor del bueno que, según las
películas Disney, “lo puede todo”? En absoluto. Es más, me atrevería a decir
que hay tantos matices de amor como personas estamos en este mundo.
De la misma manera que yo no veo
el color rojo igual que lo ves tú, querido/a lector/a, tampoco amo igual que
tú, -exceptuando daltonismos-. Mi forma de amar vendrá determinada por toda mi
vida, desde el momento de mi nacimiento; y eso incluye muchas cosas, demasiadas
para poder resumirlo en una sola frase: experiencias, determinantes genéticos,
cultura, educación, zona geográfica, religión, pensamientos… Y podría seguir
citando, pero no quisiera extenderme demasiado. Pero a lo que voy; que estés
enamorado/a no significa que de repente tengas superpoderes y puedas conseguir
cualquier cosa ni salvar cualquier situación. Bien es cierto que resulta un
aporte extra a tu acostumbrada –más o menos activa- fuerza de voluntad, pero no
son los polvitos mágicos de Campanilla. No te hacen volar, por mucho que tú lo
creas.
Con esto no digo que no esté a
favor de lanzarnos al vacío. Cuidado, que yo soy la primera que da un paso al
frente y se avienta hacia el precipicio. Quien no cambia, no vive; esa sí que
es una buena frase, -apúntala-. Lo que defiendo es que debemos tener un
“colchón” abajo por si nuestras alas de enamorados se despluman de repente, -y
no hablo del amigo feo-. Un as en la manga. Un camino alternativo por dónde
tirar en caso de emergencia sentimental. ¿Sabes cuál es la buena noticia, ahora
que nos hemos desplomado de nuestro sueño para dos? Que esa segunda vía suele
empezar por ti mismo. Nunca confundas amar a alguien y entregarle lo mejor de
ti, con alienar tu propio criterio, tu propio ser. Recuerda que, por mucho que
tú ames a alguien, él o ella no ama igual que tú –aunque te ame-, y si esa
forma suya de amar le ha permitido perderte, no deberías seguir repitiéndote
eso de “el amor lo puede todo”, porque será como enfilar el pasillo de tu casa
y correr en dirección a la pared que tienes delante, apuntando con la cabeza,
para que duela más. ¿Resultado? Tú acabas jodido/a, y la pared se queda igual.
No nos engañemos. El amor no lo
puede todo. Eso no significa que no sea amor, simplemente que no es el
suficiente para ti. La clave está en encontrar la medida perfecta, el
equilibrio. Y como último consejo: tampoco dejes de lado tu amor propio; a
veces es la chispa que te permite amar y ser amado como tú te mereces.

0 comentarios